Cada 11 de febrero, la Iglesia católica celebra el día de Nuestra Señora de Lourdes y la Jornada Mundial del Enfermo. La Diócesis de Alcalá de Henares cuenta con doce capellanes que prestan servicio en los cuatro hospitales públicos que la Comunidad de Madrid tiene en el área territorial de la diócesis complutense: en Torrejón de Ardoz, Coslada, Alcalá de Henares y Arganda del Rey.
Existe un convenio entre la Comunidad de Madrid y la Diócesis de Alcalá de Henares para que los capellanes puedan ofrecer este servicio en los centros hospitalarios públicos. Los doce capellanes tienen unos horarios presenciales establecidos en los hospitales, pero están disponibles 24 horas por si alguna persona necesita de ellos en cualquier momento del día o de la noche. Hay ocho sacerdotes que atienden esta pastoral a tiempo completo y otros cuatro que lo hacen a media jornada.
El sacerdote Antimo Nguema lleva desde su ordenación sacerdotal en mayo de 2007 sirviendo como capellán en residencias y hospitales. Hoy es capellán en el Hospital Universitario de Torrejón, donde celebra la Misa a las doce en punto «y ya después voy a las habitaciones porque algunos pacientes comen a la una y media, otros un pelín más tarde, a las dos. En ese tiempo no hay mucho ajetreo de médicos y enfermeros en las habitaciones para no colapsar el trabajo. Me gusta también respetar eso y atender bien con tranquilidad», comenta.
Nguema relata: «Cuando vamos, vamos en nombre de Cristo y sabemos que es Cristo quien actúa, incluso en el momento de dar la santa unción. Lo que pedimos a Dios es que esa persona se fie de Dios porque, si leemos los evangelios, el Señor siempre pide fe y esta fe acompaña a esta oración que hacemos junto a la santa unción. No es un sacramento del último segundo de vida. Tras dar la santa unción, tengo la costumbre de preguntar al día siguiente cómo ha dormido la persona y encuentras que está bien. Por eso digo que siempre hay milagros en esa realidad y la gente tiene que confiar para pedirlo».
Los capellanes de hospital no solamente administran los sacramentos, también conversan y escuchan a los enfermos y familiares que lo solicitan. Antimo Nguema estuvo de capellán en el Hospital Príncipe de Asturias durante la pandemia y nunca se contagió del virus. Presenció «varias conversiones en distintas personas. Me llamaban, incluso, médicos y enfermeros, la gente se confesaba… Había muchas confesiones y mucho acercamiento. La gente llamaba al sacerdote, había mucho diálogo. Y después del coronavirus vi que muchos de ellos se acercaban a la capilla para agradecer al Señor».
«A los enfermos les llevas una alegría enorme. Hay muchas personas que no tienen a nadie. Van los médicos, van los enfermeros, las personas de limpieza y saludan, pero quieren ver a alguien que les diga ‘cuéntame todo lo que estás pasando interiormente’. Y se desahogan. Por encima de que les vas a ofrecer después confesión sacramental, la santa unción, la comunión, cualquier otra realidad, llevarle el Evangelio, por encima de eso. En los hospitales nos necesitan y nosotros debemos estar ahí para transmitirles esta alegría», asegura.
«Eso sí, el sacerdote tiene que estar alegre, porque si no…, no es bueno ir a paliar una pena y luego llevar tú otra pena, para así no derrumbar al pobre paciente. Con una sonrisa, con una paz interior, con una entrega total. Si no hay paz en tu interior es difícil transmitir ser alegre», destaca Antimo Nguema.
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